La Huerta de Murcia, herida de muerte / por Enrique de Andrés Rodríguez

La Alquibla en el Camino de La Escudera (Acuarela de Zacarías Cerezo).

TODAVÍA PERMANECE
en el recuerdo el lema “Murcia, Huerta de Europa”, cuando aún estaba muy viva la huerta, era un medio de vida, una industria, no corría peligro, la propia economía que generaba hacía necesario mantener los recursos que la hacían posible, el agua y la tierra junto al trabajo y habilidad del hombre. Un agua escasa, pero bien gestionada y una tierra que era una bendición, por las condiciones geológicas y geográficas que la hacían posible, origen de un fértil valle, un río fuente de vida y de destrucción, pero que con cada riada generaba nueva vida, en una permanente regeneración de tierras, con una producción agrícola reconocida en toda Europa. Pero sobre todo una sociedad adaptada al medio, donde durante siglos, civilización tras civilización, el hombre ha luchado por lograr la mejor forma de aprovechamiento de sus recursos, acequias y azarbes, molinos, sistemas de elevación de aguas y arquitectura magníficamente adecuada al lugar.

La huerta milenaria, que hasta los años setenta había sido un recurso ejemplar y principal motivo de existencia de la ciudad de Murcia, con una red de riego que de manera sostenible, durante más de diez siglos, había sobrevivido a todos los avatares de la historia, no pudo competir con los nuevos regadíos fruto del trasvase Tajo-Segura que ahora celebra su 35 aniversario. La huerta como industria se traslada al campo de Cartagena, con unos sistemas de cultivo que hacían difícil la competencia de la vieja producción artesanal y lejos ya de la preocupación por las crecidas del río. La huerta de Murcia deja de ser negocio y el hasta entonces principal recurso económico de sus habitantes va desapareciendo de forma progresiva.

Los grandes propietarios comienzan a desprenderse de sus antiguas tierras de cultivo, que han dejado de ser rentables. Son los huertanos, con tierras arrendadas hasta entonces, los que empiezan a adquirir la propiedad de unos terrenos difíciles de amortizar como lo habían sido hasta entonces con usos agrícolas. Las zonas más cercanas a la ciudad comienzan a transformarse en nuevos crecimientos urbanos, Murcia crece hacia el norte, hacia el sur y hacia el este, la entonces nueva autovía se convierte en un muro infranqueable que limita el crecimiento hacia el oeste.

Por otro lado también en los años setenta y ochenta, con el boom del automóvil, las distancias comienzan a dejar de ser problema y el uso diario del automóvil se convierte en algo normal y generalizado. El vivir cerca del trabajo ya no es necesario. Esto, junto a una creciente moda de vivir en extrarradios, en vivienda unifamiliar con parcela ajardinada, piscina y todas las aspiraciones que ofrece el mundo moderno, se convierte para muchos en paradigma de forma de vida.

Tenemos un suelo de antigua huerta convertido en baldío, con unos costes difíciles de mantener y por otro lado una demanda de parcelas para construir los nuevos sueños de vida feliz del modelo americano. Todo estaba preparado para la transformación de los antiguos huertos en nuevas parcelas edificables.

Por otro lado la antigua tradición de cuidado y respeto a los recursos que durante siglos habían hecho posible la existencia de la huerta desaparece, el mantenimiento de infraestructuras se convierte en un problema. Las acequias se dejan de mantener, comienzan a abandonarse, a destruirse, a entubarse, a transformarse en nuevas vías asfaltadas y casi todos de acuerdo. Lo que habían sido los caminos del agua se transforman en los nuevos accesos a parcelas con posibilidad de edificación.

El siguiente mal para la huerta sería el planeamiento urbanístico. El Plan General de Murcia del 75 establecía una protección de los sistemas productivos mediante una malla definida por una red de caminos, donde se permitían pequeñas edificaciones vinculadas a la producción agrícola, protegiendo todo el interior como huerta, aunque esta normativa fue sistemáticamente incumplida. Las construcciones clandestinas se convierten en norma, toleradas por un Ayuntamiento tras otro, sin aplicar en ningún momento las establecidas sanciones que frenaran mínimamente estas malas prácticas, en un continuo y permanente intento de comprometer el apoyo del voto huertano, en gran medida a favor de la transformación.

Después de esto, si el nuevo Plan General, aprobado en el año 2001, trataba de proteger y consolidar los ámbitos de huerta heredados del anterior plan, en el año 2006, con la excusa de la adaptación del Plan a la nueva Ley del Suelo y al amparo del boom inmobiliario, la mayoría de estos ámbitos protegidos desaparecen, convirtiendo la mayor parte de huerta tradicional en suelo urbanizable con categoría especial, es decir, la mayor parte de huerta queda preparada para convertirse en ciudad.

Poco tiempo después vino la crisis, que de manera absoluta paralizó la construcción. Todo quedó a medio desarrollo, aunque lo que cayó de forma rotunda fueron las posibilidades de negocio a las que muchos aspiraban.

Mal de muchos, pero una bendición para la huerta, el freno al proceso urbanizador. A partir de aquí en algunos sectores sociales la huerta ha comenzado a verse de otra manera, como lo que siempre fue, fuente de riqueza agrícola, cultural, paisajística. Se han comenzado a recuperar huertos, a tratar de buscar nuevos recursos a través de usos tradicionales, sostenibles, ecológicos, etc.

Cuando todo parecía que se abrían posibilidades de recuperación, aparece un nuevo problema. Paralizado de momento el negocio del suelo y en un empecinamiento por parte de sus gestores de la transformación definitiva de la huerta, el nuevo negocio que se abre es el del agua. Hemos visto recientemente la venta en circunstancias dudosas y aparentemente irregulares de cinco millones de metros cúbicos de agua extraída de los canales de riego, a las poblaciones de Águilas y Mazarrón. Un agua gratuita para los huertanos, gestionada a través de la Junta de Hacendados, que han decidido que no es necesaria para la huerta, a la espera de las transformaciones previstas por el Plan General. ¿Para qué necesitamos el agua? Hagamos negocio con ella.

Desprovista de tierra y desprovista de agua, ¿podemos seguir hablando de huerta con todo lo que ello implica?, desaparición de una cultura milenaria, desaparición de la red de riego sin ninguna protección en la actualidad, rechazada su protección como bien de interés cultural por las administraciones y gestionada por un organismo como la Junta de Hacendados empeñado en hacerla desaparecer totalmente, provocando a su vez la desaparición de todo el ecosistema asociado a la huerta, de un paisaje cultural único y característico de la vega del Segura y, sobre todo, desaparición de un medio que ha dado las señas de identidad a un pueblo a lo largo de más de diez siglos.

Pues sí, sí podemos y tenemos obligación de hacerlo porque nos va la vida en ello, porque es nuestro pasado y nuestro futuro, el pasado y futuro de la ciudad de Murcia. No es solo un problema nuestro, es sobre todo de las generaciones venideras y no tenemos ningún derecho a hipotecar su vida sin que ni siquiera hayan llegado. En un momento que el Ayuntamiento quiere hacerse “inteligente” (Smart City), sostenible, que la tierra de cultivo es un bien cada día más escaso, que los transportes están comprometidos por el agotamiento de los combustibles fósiles, que empezamos a percibir de cerca las consecuencias del cambio climático, que podríamos tener el Paraíso, el Edén a la vuelta de la esquina, rechazar todo esto es de lerdos o de aquellos que ven el negocio fácil y posible a costa de la indiferencia de los demás, nosotros. La salvación de la huerta está exclusivamente en manos de quien quiera apostar por ella, de los murcianos.

Enrique de Andrés Rodríguez es arquitecto y profesor de Urbanismo y Ordenación del Territorio de la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT).

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