
De las 238 inundaciones que, desde el año 1143, y de las 63 grandes avenidas que, desde 1258, se tienen noticia histórica en la Cuenca del Segura, la Riada de Santa Teresa fue la más grande y catastrófica de todas ellas. Sólo comparable con la de San Calixto, del 14 de octubre de 1651, cuando el pánico y la miseria y el millar de personas que pereció se la puede igualar. Pero también con la de 1923 (San Quintín), la de 1946 y, principalmente, la de 1973, que causo 86 muertes en Puerto Lumbreras, cuando el caudal del Guadalentín alcanzó los 3.500 metros cúbicos por segundo, el mayor en tres siglos de mediciones.
El 14 y 15 de octubre de 1879 se produjo en el sureste español “uno de los diluvios más mortíferos de los anales hidrológicos europeos”. Han sido estimadas las copiosas precipitaciones que lo originaron en Almería, Murcia y Alicante del orden de los 500/600 litros por metro cuadrado. La Riada de 1879 estuvo precedida de cuatro años de sequía -“la seca”-, de 1875-1879, pero también de las inundaciones de ese siglo, de 1876, 1867, 1852, 1850, 1846 y 1834, centuria que había comenzado en 1802 con la rotura de la presa de Puentes, que llegó a contabilizar 608 muertos en Lorca, y seguida de otras riada en ese mismo siglo: en 1884, 1885, 1897 y 1898.

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A los tres días del siniestro, el 18 de octubre, El Imparcial enviará un corresponsal a Murcia y abrirá también una suscripción, esta a nivel nacional, llamando a la colaboración del resto de los periódicos españoles. Le seguirán los también diarios madrileños El Globo, La Correspondencia y El Liberal, que envían también sus enviados especiales. Los periodistas de la época llegarán a relatar los detalles más increíbles, las infinitas tragedias de la catástrofe.
Cinco días después, el 20 de octubre, el tren real con Alfonso XII llegará a la estación de Alcantarilla, pues a pesar de los esfuerzos no se había logrado restablecer la vía férrea hasta Murcia. Será recibido aquí por el gobernador civil, la diputación provincial, el ayuntamiento de Murcia y otros representantes militares y civiles.

En la tarde de ese día, acudirán a la iglesia de Nonduermas, prácticamente el único edificio que había quedado en pie en el pueblo, los 'Auroros del Carmen' de Rincón de Seca y tras el Ave María Purísima de ritual, romperán con una Salve de difuntos en medio de la pena y la emoción de todos. Concluido el canto dicen que el rey lloró y que al verlo alguien, exclamó: “Dichosos los reyes que lloran con su pueblo”. El monarca recorrera Murcia y Orihuela, siempre rodeado y aclamado por multitud de huertanos.



La madre del monarca, la reina Isabel organizará en su exilio bailes principescos en París. El Comité de la Prensa Francesa editará en diciembre el periódico Paris-Murcie, en el que escribirán Víctor Hugo, Daudet y Zola, entre otros, que fue un magnífico vehículo para sacudir las conciencias en beneficio de las víctimas, siendo Francia fue uno de los países que más se volcó en la ayuda. Los parisinos ayudaron con 1.812.000 pesetas.

El luto, la miseria y la desgracia abrió una Suscripción Nacional, en la que fueron recaudados 4.260.000 pesetas, en una colecta encabezada por Alfonso XII, la familia real y el gobierno. Los madrileños aportaron 841.696 pesetas.
Por su parte, el director de la revista La Ilustración Española y Americana, Abelardo de Carlos, se pondrá en contacto con el director de La Paz de Murcia, Rafael Almazán, para que este encargue un reportaje gráfico a un fotógrafo de la ciudad. Las imágenes las realizó Juan Almagro, cuyas fotografías sirvieron de modelo a los grabados que la revista publicó en su edición del 30 de octubre, únicas imágenes de la catástrofe que vieron la luz en la prensa de la época.

Durante cinco años estuvieron llegando donativos de todas partes de España. Los últimos fueron 1.500 pesetas que el 9 de agosto de 1884 envió una persona residente en el Puerto de Santa María, y 30.408 reales que ese mismo día recaudó el obispo de Murcia en una rifa benéfica.
Como prueba de gratitud, en el salón de sesiones del ayuntamiento de Murcia, se dedicó una lápida en reconocimiento a los periódicos madrileños.
La Riada de Santa Teresa, como la mayor catástrofe en la historia hidrológica murciana y una de las más nefastas del continente europeo, marcó un antes y un después. Su magnitud propició que, por vez primera, se acometieran estudios, y un congreso nacional que se celebró en Murcia, que se convertirán en modélicos para acometer las obras que paliaran este tipo de fenómeno.

Costa vino a decir que, si hubiera habido una política nacional, con mucho menos de la cantidad gastada, se podría haber construido el encauzamiento del Segura, canales en Totana, desvíos de los ríos Segura, Sangonera, Quípar Argos y Moratalla, no habría desbordamientos, ni sequías, ni habrían emigrado a Argelia diez mil huertanos, y otros miles a Francia o Cataluña, ni continuaría el mismo peligro...
Y es que las periódicas inundaciones determinaban gravísimas crisis económicas periódicas, reflejadas en importantes contracciones del área cultivada y masivas emigraciones de las que se tienen noticia ya desde el siglo XV.
En un tiempo en el que la sanidad pública era casi inexistente, después de la inundación se desató una epidemia de tifus y de enfermedades infecciosas, que se extendió a otras zonas del país alejadas del lugar del dramático suceso.
En marzo de 1885 se celebrará en Murcia el citado Congreso contra las inundaciones de la región de Levante. El proyecto de obras de defensa contra las inundaciones en el valle del Segura, de los ingenieros Ramón García Hernández y Luis Gaztelu Maritorena, servirá de modelo para todos los trabajos posteriores.
Fue el primer plan gobal de este tipo que se hacía en España, en el que planteó el almacenamiento en una tupida red de embalses de cabecera de los ríos Segura y Guadalentín, los dos ríos causantes de las desastrosas avenidas; el sangrado de los cauces mediante canales de derivación, y la derivación del Guadalentín a través de un canal en Totana a la rambla de Mazarrón y del Reguerón, para apartar la Vega de Murcia de su conjunción con el Segura.
Ilustraciones, de arriba a bajo: Portada de El Diario de Murcia, del 15 de octubre de 1879. Su director, el periodista José Martínez Tornel. El rey Alfonso XII a su llegada a Alcantarilla. El monarca escucha a un huertano en Nonduermas. El monarca es ovacionado en Murcia tras recorrer la huerta. Portada del París-Murcie. Un baile en la capital francesa, donde se vende la citada publicación. Los huertanos acuden a la Secretaría del Ayuntamiento de Murcia en solicitud de víveres. Los damnificados a las puertas del Palacio Episcopal en busca de ayuda. Grabados de La Ilustración Española y Americana.
buena informacion
ResponderEliminarD Jose María Muñoz, el filántropo, no era murciano. Era de Santander. como curiosidad, él mismo mandó fundir las estatuas y las entregóa para que fueran colocadas. Hubo ciatro. Otra se conserva en cuevas del Almanzora, Almería. donde se le conoce por "El Santo Negro".
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